13 August 2013

Guillermo del Toro - Pacific Rim (2013)


Si has pagado €10 para ver una película de monstruos y robots en el cine, has preguntado alguna vez, "Bueno, todas estas explosiones y tal son muy lindas, pero deseo que hubiéramos tenido la oportunidad de conocer los personajes más. Parecían seres humanos de verdadero profundidad y interés." Si eres en lo más mínimo como yo, la respuesta es no. Has pagado tu dinero porque quieres ver máquinas gigantescas (o extraterrestes, o lo que sea) golpeando el moco sagrado fuera de uno al otro, y cada escena de diálogo solo te deja queriendo una devolución. Si es absolumente necesario que haya seres humanos, mejor que sean tios del primer orden. Por desgracia sin embargo, Guillermo del Toro parece medio-convencido que su película nueva de monstruos y robots es, de hecho, un pariente espiritual de Ingmar Bergman, con efectos especiales añadidos. Por cada escena de bestias grotescas lloviendo infierno sobre Hong-Kong o Sydney, aguantamos cinco minutos de, "Sí, conduzco un robot 100 metros de altura, pero no estaba contento cuando era pequeño." En breve, hay una diferencia entre las expectativas del espectador, y lo que del Toro nos entrega, y la película nunca se recupera.

If you've paid €10 to see a film about monsters and robots at the cinema, have you ever asked, "Well, all these explosions and such are very pretty, but I wish we'd had the opportunity to know the characters more. They seemed like human beings of real depth and interest." If you're in the least like me, the answer is no. You've paid your money because you want to see giant machines (or aliens, or whatever) whacking the holy snot out of each other, and each scene of dialogue just leaves you wanting a refund. If it's absolutely necessary that there are human beings, they'd better be dudes of the first order. Unfortunately however, Guillermo del Toro seems half-convinced that his new film of monsters and robots is, in fact, a spiritual relative of Ingmar Bergman, with added special effects. For each scene of grotesque beasts raining hell over Hong-Kong or Sydney, we endure five minutes of, "Yes, I drive a 100-metre tall robot, but I was unhappy as a child." In short, there's a difference between the viewer's expectations, and what del Toro delivers, and the film never recovers.